Aún no era posible imaginar una mujer tan bella y radiante de luz.
Se podía sentir en el ambiente: era su aura al respirar, su karma al oír y su mantra al mirar.
Al mirar un prisma en sus ojos, un movimiento de mándala que hipnotizaba la mente.
Su piel era cálida, como a un metal orgánico similar al tono de un acero pulido.
Sus labios de un rojo rubí, de sutiles curvas en la sonrisa y una voz más que frutal.
Su cabello por un momento fue lava volcánica, a temperatura suficiente para moldear los rasgos finos.
Vestía un vestido de seda cristalina, que caía hasta la mitad de sus piernas en forma de espuma.
Cada detalle de su anatomía era como presenciar una nebulosa en plena explosión.
Sus rodillas eran perfectas, diseñadas para lucir desnudas todos los días.
Sus hombros eran montañas tropicales, dos montes en un paraíso natural.
Sus manos eran teatros de ballet. Se dibujan suaves y sensibles danzas al tornasol del aire.
Los relojes de Dalí se derretían poco a poco, ya no me importaba mucho, de hecho me hacían sonreír.
El tiempo marcaba una tendencia al infinito, algunas cosas se transformaban, otras eran constantes.
Sin embargo el arte conceptual estaba perdiendo su concepto ya que el nuevo concepto de arte era el de ella.
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