Y ahí nos
hallábamos, ella y yo, a medianoche entre las penumbras del castillo, los pisos
y las paredes de piedra apenas brillaban por las flamas de algunas antorchas
distantes, la luz encajaba perfectamente entre las grietas de cada sombra, todo
estaba en calma, de vez en cuando se escuchaban los aleteos de los murciélagos
al salir en ronda nocturna por las ventanas de la vieja torre, ese era nuestro
punto de encuentro, ella bajaba y yo subía. Con el anhelo de sentirnos una vez,
de acariciarnos las almas y devorarnos los deseos nos escabullimos hasta lo
prohibido. Era un acto suicida, una locura que solo dos enamorados se
arriesgarían a tomar. Recuerdo que esa noche mi amada llevaba un largo vestido
azul que le caía hasta los pies, su cuerpo se figuraba ante el color y la
elegancia de las finas sedas traídas desde Piamonte. Tenía una silueta
exquisita que se plasmaba en el andar de su vida. Yo era un tipo sencillo, de
ropas sencillas y costumbres nada ostentosas, pero me las arreglé de camino
para tomar prestadas algunas vestimentas rojas del almacén del Conde Visconti,
llevaba capa y un sombrero que portaba la pluma de faisán que me regaló mi
abuela en los primeros años de vida. Nuestros colores exaltaban la nueva
alianza francoitaliana abrazada por la esperanza de libertad e independencia de
Cerdeña, vos en el azul de tu inmortalidad y divinidad; yo en el rojo de la
pasión y la lucha. La miseria acaparaba los campos y el pueblo, Austria pisoteaba
nuestras tierras y nos sometía bajo el látigo impune del encierro o la muerte,
necesitábamos libertad y preferíamos morir en el campo de batalla que ser
aquellos obreros oprimidos y cabizbajos. Marie y yo lo teníamos muy claro;
queríamos salir huyendo de todo esto y hacernos de una cabaña en las faldas del
Monte Rosa, vivir juntos y amarnos para siempre. Pero escapar estaba prohibido,
al igual que nuestro amor. Aun así no nos importaba nada, teníamos una especie
de magia atada de corazón a corazón que nos afligía cuando era el momento de la
despedida, ya no podríamos soportarlo más. Y es que estar junto a ella, en el
calor de sus brazos, estrechos de amor, compartiendo la sensación de plenitud
que otorgan nuestros labios en la dulzura de un beso. Realmente nos amamos y
sentimos que el mundo desaparece cuando caemos en el delicado hipnotismo del
amor correspondido. Juntos podríamos triunfar sobre cualquier imperio. Juntos
en nuestro más sincero beso fundábamos nuestra propia nación. Un país justo y
armonioso, donde la sangre nunca es derramada y la única ley es hacer el amor
sin banderas. Esa noche, estábamos preparados para huir. Para cometer más
locuras, para juntar nuestras manos y nunca soltarlas. Nos besamos en secreto
sin tiempo ni espacio, lejos de la tiranía y la ambición. Nuestro sueño estaba
hecho realidad. Éramos libres en lo eterno para ser por siempre una sola cosa.
Un solo ser. Un solo amor.
| Il bacio - Francesco Hayez |
No hay comentarios:
Publicar un comentario